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domingo, 18 de octubre de 2009

El primer coro de la roca

Versión de Jorge Luis Borges


Se cierne el águila en la cumbre del cielo,
el cazador y la jauría cumplen su círculo.
¡Oh revolución incesante de configuradas estrellas!
¡Oh perpetuo recurso de estaciones determinadas!
¡Oh mundo del estío y del otoño, de muerte y nacimiento!
El infinito ciclo de las ideas y de los actos,
infinita invención, experimento infinito,
trae conocimiento de la movilidad, pero no de la quietud;
conocimiento del habla, pero no del silencio;
conocimiento de las palabras e ignorancia de la palabra.
Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,
toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,
pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios.
¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?
Los ciclos celestiales en veinte siglos
nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo.

/Thomas Stearns Eliot/

lunes, 12 de octubre de 2009

Rapsodia de una noche de viento

Las doce.
A lo largo de los cauces de la calle
sostenidos en síntesis lunar,
susurrando encantamientos lunares,
se disuelven los suelos de la memoria
y todas sus claras relaciones,
sus divisiones y precisiones,
cada farol que dejo atrás
resuena como un tambor fatalista,
y a través de los espacios de lo oscuro
la medianoche sacude la memoria
como un loco agitando un geranio muerto.
La una y media,
el farol rociaba,
el farol mascullaba,
el farol decía: "Observa a esa mujer
que vacila hacia ti en la luz de la puerta
que se abre hacia ella como una mueca.
Ves que el borde de su vestido
está desgarrado y sucio de arena,
y ves que el rabillo del ojo
se le retuerce como un alfiler torcido".
La memoria arroja y deja en seco
una multitud de cosas retorcidas;
una rama retorcida en la playa,
devorada, lisa, y pulida
como si el mundo rindiera
el secreto de su esqueleto,
rígido y blanco.
Un muelle roto en el solar de una fábrica,
óxido que se agarra a la forma que la fuerza ha dejado
dura y enroscada y dispuesta a dispararse.
Las dos y media.
El farol dijo:
"Observa al gato que se aplana en el arroyo,
saca la lengua furtiva
y devora un bocado de manteca rancia".
Así la mano del niño, automática,
salió furtiva y se embolsó un juguete que corría por el
muelle.
No vi nada tras los ojos de ese niño.
He visto ojos en la calle
tratando de escudriñar a través de postigos con luz,
y un cangrejo una tarde en un charco,
un viejo cangrejo con lapas en la espalda,
agarró el extremo de un palo que le tendí.
Las tres y media,
el farol espurreaba,
el farol mascullaba en lo oscuro.
El farol canturreaba:
"Observa la luna,
la lune ne garde aucune rancune,
guiña un débil ojo,
sonríe a los rincones.
Alisa el pelo de la hierba.
La luna ha perdido la memoria.
Una desvaída viruela le agrieta la cara,
su mano retuerce una rosa de papel,
que huele a polvo y agua de colonia.
Está sola
con todos los viejos olores nocturnos
que cruzan y cruzan por su cerebro".
Viene la reminiscencia
de secos geranios sin sol
y polvo en grietas,
olores de castañas en las calles,
y olores femeninos en cuartos de ventanas cerradas,
y cigarrillos en pasillos
y olores de cócteles en bares.
El farol dijo:
"Las cuatro.
Aquí está el número en la puerta.
¡Memoria!
Tienes la llave,
la lamparilla extiende un círculo en la escalera, sube.
La cama está abierta: el cepillo de dientes cuelga en la pared,
deja los zapatos a la puerta, duerme, prepárate para la vida."
El último retorcimiento del cuchillo.

/Thomas Stearns Eliot/

viernes, 25 de septiembre de 2009

Viaje de los Reyes Magos

Fué frío el camino en la ida;
la peor temporada del año
para un viaje, y un viaje tan largo:
los caminos hundidos y un áspero tiempo,
el invierno muerto, baldío.
Y los camellos maltrechos, dolidos los pies, refractarios,
acostándose sobre la nieve, que ya se fundía.
Nostalgía, a veces, sentíamos
de los palacios del estío en el monte, con sus terrazas,
de las muchachas de seda trayendo un jarabe de frutas.
Y juraban, gruñían los hombres de los camellos,
y se escapaban, y echaban en falta su licor, sus mujeres;
y se apagaban las lumbres nocturnas, y nos faltaba cobijo;
y las ciudades nos eran hostiles, y poco afables las villas,
y eran sucias las aldehuelas, y altos los precios;
un duro tiempo tuvimos.
Al fin, preferimos viajar de noche,
a ratos durmiendo,
y al oído nos cantaban las voces: decían
que todo era locura.

Luego, al rayar el alba, llegamos a un valle templado,
húmedo, más allá de las nieves, que olía a vegetación, con un río
ágil, y un remolino girando en la noche,
y tres árboles en el cielo bajo;
y un viejo caballo blanco al galope, en el prado.
Después, llegamos a una taberna, con pámpanos en el dintel:
estaba abierta una puerta, y vimos seis manos jugando a los dados,
con monedas de plata,
y unos que daban con el pie en los pellejos vacíos.
Pero nadie supo informarnos y seguimos andando,
y por la noche llegamos, y en momento oportuno, no antes,
encontramos aquel lugar; acaso diréis que fue empresa cumplida.

Eso, recuerdo, ocurrió ya hace tiempo,
y lo haría otra vez; más fijaos,
fijaos en esto:
¿hacia dónde fuimos llevados:
a un Nacimiento o a una Muerte? Hubo un Nacer, ciertamente
y lo vimos, sin duda. Había visto nacimientos y muertes,
pero pensé que eran distintos; no fue aquel Nacimiento
dura, amarga agonía, como la Muerte, como muriendo nosotros.
Volvimos a nuestro hogar, a estos reinos,
pero ya sin sentirnos aquí sosegados, con las creencias antiguas,
y un pueblo extranjero, aferrado a sus dioses.
Grata me fuera otra muerte.

/Thomas Stearns Eliot/