Mostrando entradas con la etiqueta Courtoisie. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Courtoisie. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de septiembre de 2009

la canción del espejo

Piensa que no soy tú, así que no me pienses.
Mira para otro lado
mira el mar, mira dentro.
No me mires. Piensa que no es verdad
piensa que en el fondo hay piedras.
Piensa en las piedras: ese es un buen pensamiento, sólido, estable.
En las piedras que parecen deseos, en las piedras del tiempo que parecen años. Piensa en los años. No mires al espejo.
Este no soy yo. Es tu recuerdo. Es la melodía,
la música de la imagen que se te parece. No soy yo.
No eres tú.
No es nadie.
Piensa en el agua del mar, en su movimiento, en su peso.
Piensa en el agua y no en mí, piensa en el pensamiento que viene y va, como un espejo.
Pero no pienses en el espejo, rompe el espejo
de una pedrada, piensa en el alma dura de las piedras
en las piedras: ellas sí que te hacen falta
con su firmeza, con su alegre peso
misteriosas y serias: en las piedras.
Si el espejo se rompe no soy yo, no eres tú
no es nadie, es la fuerza
del recuerdo que se ahoga en el espejo, en el agua
seca del espejo, la fuerza sin fuerza, la luz que se apaga
el espejo quebrado y yo, mi inocencia
que te dice:
piensa que no soy tú, no me pienses.

Rafael Courtoisie/ Música para sordos/

martes, 8 de septiembre de 2009

las naranjas

Putas redondas, pelotas
llenas de hambre sexual, de una luz sometida
sin tiempo, de una vida agridulce
de la pasión idiota
de unos pocos momentos, del amor de un minuto
de la sombra, del sexo de los gajos
de la cáscara.
No se parecen al sol, no son como la luna
se parecen al atardecer, se parecen al viento
cuando sopla sobre las rocas, cuando habla el silencio.
Tienen una virtud: son locas.
La frescura y el dolor se parecen.
Las naranjas dementes no tienen pelo, no tienen voz
no tienen sentimientos.
Las naranjas son frescas, locas y frescas
como el jugo del pensamiento.


/Rafael Courtoisie/ Música para sordos/

sábado, 5 de septiembre de 2009

una copa de vino

El vino es una flor de un solo pétalo de vidrio.
Entre los tantos seres que pueblan el mundo debido a su leve violencia, el vino es el de más firme delicadeza.
En el oscuro y claro reino de los líquidos, cuya soberanía comprende desde los almíbares hasta los venenos, el vino ocupa un lugar de misterio. La fuerza y somnolencia de las propiedades que lo defiden hacen que se parezca a la sangre humana.
Está vivo, sí, pero es lento.
Le cuesta un poco fluir, Es hosco, vago y espeso. Avanza paso a paso entre las nubes de piedra que van desde los labios al borde del vaso, y del vaso al filo de las estrellas.
Va sin pensar, dentro de sí, en medio del sentido líquido de su cuerpo, como si le pesara la flojedad del sueño. Por lo común es rojo, de tono rubí, sereno, o francamente tinto.
A veces aguachento, como con gotas de agua lustral venidas de lejos.
En ocasiones, debido a la opalina propia de las cáscara de la cepa, al fermentar transparenta, dando la idea y la palidez de una leucemia.
En el extendido reino de los líquidos se hallan junto a él el sudor, la saliva y el semen. También el agua de mar, las lágrimas de llanto y las de la menstruación, los humores segregados por los racimos del páncreas y los propios del hígado en su seno.
Pero el vino es el que más sobresale, el que más canta.
La pureza de su sonido y la razón proveniente de la oscuridad hacen su fuerza más verdadera.
Pero más obstinado y persistente aún que el vino es su silencio, el rastro de humedad que deja en las copas al abandonarlas, al ser bebido.
Al colmar una copa se alcanza la verdad, y al vaciarla se llena de violencia.
Entonces en el espacio queda una pregunta.
Y fuera del espacio el vino sin respuesta.

/Rafael Courtoisie/Música para sordos/

miércoles, 2 de septiembre de 2009

a la hora de cenar

En el cuchillo hay energía viril, erecta, y en el tenedor silencio absoluto.
El tridente con un diente extra, el tenedor laborioso dialoga sin palabras con el sonido del cuchillo, lo espera, aguarda que corte y lo corrige.
Más tarde, lleno de oscuras verdades, llega a la boca.

El cuchillo corta y el tenedor resiste.
El cuchillo separa y el tenedor transporta.
El cuchillo se hunde y el tenedor emerge.
El cuchillo descuartiza y el tenedor alcanza.
El cuchillo grita y el tenedor solloza.
El cuchillo penetra y el tenedor planea.


El cuchillo es arma y el tenedor inocencia.

Son dos palabras de metal, pero distintas:
una seca y violenta, otra en silencio.
Son dos palabras de metal, pero una asesina.
El tenedor murmura mientras aúlla el cuchillo.
El cuchillo es lobo y el tenedor cordero.
¿Qué existe en el cuchillo, que da tanto miedo?
¿Qué emana de su presencia, del filo de sus ideas?
¿En qué consiste el cuchillo sumido
en el tiempo de su instrumento?
¿Y qué representa el tenedor que no cesa?

Ambos son herramientas del mismo metal
pero el cuchillo parece más fiero
en cambio el tenedor se muestra casi dormido, recién
despierto
más dulce y suave en la carne misteriosa del metal
más comedido y terso.

El cuchillo no duerme.

En la vida esas dos palabras, tenedor y cuchillo
cuchillo y tenedor
se encuentran
no terminan de separarse:
se buscan, se olfatean, se quieren
se odian
rozan, palpan y friegan sus pieles
de metal artístico, macho y hembra.

La lechuga moribunda yace, cercenada
la carne sangrienta en el plato.


/Rafael Courtoisie/ Música para sordos/